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El jueves 28 de abril a eso de las 13:40 PM nuestra idea era caminar un rato por la costanera viñamarina, en compañía del mio caro marito, tras haber disfrutado de un café y una pizza a modo de almuerzo en el Musetti de 1 Poniente. Caminamos por 10 Norte en dirección al mar, llegando hasta el cruce con Av. San Martín, donde teníamos que cruzar 10 Norte para luego avanzar hacia San Martín. Allí hay semáforo vehicular y estaba en roja para acceder a San Martín, los autos detenidos esperando y el semáforo peatonal en luz verde, todo bien hasta aquí. Pero no hice más que poner un pie en la calzada y por un tris de segundo mirar en la dirección contraria, escuchar el grito de mi marido de ¡Cuidado! y sentir tan suave como impresionantemente el ruido de un auto que avanza rápido, al mismo tiempo que mis ojos bajaban al suelo y veían como las ruedas traseras pasaban por encima de mis dos pies. Es raro pero cierto, fue como una película en cámara lenta pero veloz.
Para que les digo como me dolió, pensé que me había quedado sin pies, luego que tendría que usar yeso por un mes al menos, me imaginé el desastre que eso significaba porque la recarga de trabajo que tengo en este momento es grande. Y uno que es profesional independiente...sino puedes ir a un terreno, otro habrá que haga la pega. Estaba en eso, depositada cuan larga era en la vereda contigua, cuando pensé que no, que no me iba a pasar nada de eso, que todo iba a estar bien. Pero puchas, el dolor, no podía mover los deditos, la angustia, ay todo junto: a la posta. Y ahí en Urgencias del Hospital Gustavo Fricke me pasé el resto de la tarde meditando, con la pata arriba de la silla de la sala de espera, hasta que llegó mi turno y revisión con radiografía de entrega inmediata, más revisión por traumatólogo de turno determinaron que ¡no tenía nada! Milagro de San Judas Tadeo, dijo mi mamá, que además ese día era 28 (cada 28 celebran al santo en cuestión).
Pero bueno, escribo esto para que sepan públicamente que un innombrable me pasó la rueda trasera de su por encima, se detuvo, vio que caí en el suelo y huyó, obviamente. Si tú, el del auto gris, 4 puertas, del año (o del año pasado, pero no más que eso), ten clarito que de mis malas palabras no te salvaste, porque hay que ser muy maricón para arrancar. Dicen que uno no debe hacer lo que no le gustaría que le hicieran, a este (o esta) le gusta que le pasen por encima y lo dejen botado en la calle. Mal por su persona.
Ahora lo lindo. Tres chicas, estudiantes de kinesiología (rara y buena coincidencia) se acercaron a ayudarnos en el trance y una de ellas ofreció su vehículo para trasladarme. Ayudaron a tranquilizarme, a cargarme con la pata coja y me dejaron instalada en la puerta misma de urgencia. Obviamente que en la neura olvidé sus nombres, tal vez si las viera me costaría reconocerlas, pero ellas se merecen todos nuestros agradecimentos por su buena disposición. Lo único que recuerdo es que ninguna de ellas era de acá, sino de otras provincias...gente linda la de provincia, no? También hubo una señora que detuvo su auto y se bajó para ofrecer ayuda, mil gracias señora también. Como verán, puras mujeres. Eso nos llamó la atención y fue comentario obligado.
Loca como cabra de monte y en conocimiento de que mi pie estaba dolorido pero a salvo, al día siguiente partí al terreno que tenía programado. Al borde la tontera podría decir alguien, pero yo sabía que el descanso y el efecto del shock en una persona como yo vendría un día entero después. Así las cosas no me olvido de agradecer también la paciencia de los compañeros de terreno, el especialista senior en fauna y la chica medioambiente dedicada a la flora, porque sabrán que salimos atrasados en una hora por culpa de mi bendita pata.
Al final del día viernes me encontré mirándome en el gran espejo del baño del Terminal de Buses Alameda en Santiago...atroz, el pelo en cualquier lado, los ojos chiquititos, un color de piel entre violáceo y verde, un cansancio fulminante. Disminuida, así me pareció que me veía. Pero feliz del día de trabajo hecho, y a pesar de cuanto reclamé por eso de la genética en mi adolescencia, muy agradecida de mi bendito nº 39 de calzado, heredado de mi abuela materna, y es que seguramente con pies grandes uno se sujeta mejor a la tierra.
(La foto que acompaña este texto la tomé de puro aburrida y acalorada en enero de este año, esperando bus en el teminal de Illapel, chocha por haber llevado chalitas. Ahora chocha porque mis pies lucen iguales que entonces)





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